24.7.20

El colapso, una serie que hay que ver

 Si hay una serie que está recibiendo numerosos comentarios elogiosos y vivas recomendaciones, es El colapso (traducción de L'effondrement, título original en francés).  Muchas críticas la consideran, con razón, la mejor serie del año 2020. La clave está en que sustituye los efectos especiales y la parafernalia habitual de las series y películas futuristas por la inteligencia y el realismo. Rodada en 2019, predice de manera asombrosa algunas de las situaciones que se han producido con la pandemia del COVID19: supermercados desabastecidos y personas mayores abandonadas a su suerte en las residencias.
¿Qué pasará cuando en un futuro _cada vez más próximo_ colapse la "normalidad" de esta sociedad basada en la destrucción del ecosistema que es su base material? De la cotidianeidad surgirá rápidamente un mundo hobbesiano en el que cada individuo verá en los demás un obstáculo para su supervivencia. En el siglo XVII, el filósofo contractualista Hobbes sostuvo que, en una sociedad sin pacto social ni ley, rige la lucha de todos contra todos. Es evidente que el desmoronamiento abrupto de la sociedad de consumo puede hacer aflorar este tipo de relaciones entre los individuos. La serie nos muestra que la desigualdad económica revelará su cara más despiadada pero que hasta los ricos y poderosos estarán amenazados. También habrá quienes intenten practicar la solidaridad a riesgo de sus propias vidas. La crisis climática y ecosistémica será devastadora y traerá  el final de nuestra civilización y de un sistema económico de crecimiento insostenible mantenido hasta ahora con mentiras y silencios.


Los 8 episodios, breves y filmados en plano secuencia, son muy elocuentes y llaman a la reflexión. El octavo, que nos retrotrae en el tiempo a cinco días antes del colapso, es realmente su broche de oro: un alegato en pro del decrecimiento. Si bien el colapso ya no se puede evitar, al menos se podrían dar pasos importantes hacia una sociedad más sencilla y racional que limitara la catástrofe. Es el mensaje que muchos informes científicos están dando actualmente sin obtener resultados políticos y en medio de la indiferencia general.
A pesar de los méritos indiscutibles de esta serie, no quiero dejar de señalar tres aspectos que serían mejorables en ella. En muchas escenas, adolece de una sobreactuación propia de la escuela teatral francesa. En cuanto al contenido, la mirada es ecologista pero totalmente antropocéntrica: los animales no existen. No hay ni una sola referencia a ellos. Y los guionistas parecen ignorar que, estadísticamente, las tareas del cuidado son realizadas por mujeres y las conductas violentas son casi siempre llevadas a cabo por varones.  En esta producción a menudo se invierten los roles, lo cual podría ser interesante si hubiera alguna reflexión feminista detrás. Pero no parece ser el caso. Se trata más bien de la idealización de algún personaje masculino (episodio La residencia) y la falta de verosimilitud de uno femenino (episodio La aldea). Y, aunque hay muchísimas mujeres en el activismo ecologista mundial, el protagonismo ecologista se lo lleva un austero varón virtuoso que dice verdades como puños a una mujer hipócrita que ha roto el techo de cristal. Omito detalles para no caer en el spoiler.  Sólo digo que, en este siglo XXI, feminismo y ecologismo siguen sin enriquecerse mutuamente...  ¡El ecofeminismo tiene mucho que predicar todavía!
Dicho esto, os animo nuevamente a ver El colapso si aún no lo habéis hecho. Es una obra importante para el momento que vivimos en el que todas las voces, científicas, filosóficas, literarias, artísticas, ciudadanas... deben contribuir a un cambio que atenúe lo más posible el impacto de la crisis que se avecina. Todavía estamos a tiempo, al menos, para esto.

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